»La crisis dentro de las crisis del café» por Manuel Díaz

El Mundo del Café Revista

Manuel Díaz

En 1989 se abandonaron los acuerdos que permitían sostener un sistema de cuotas de exportación de café y un mecanismo de ajuste de precios que garantizaba una banda de 1.20 a 1.40 dólares por libra (465 g) de café verde.  Desde entonces el mercado internacional del aromático ha transitado por múltiples crisis. La inestabilidad de precios no es nueva ni es la más grave de las crisis del grano; el año pasado vivimos una coyuntura sin precedentes en que se acumuló el efecto del cambio climático, sequías y heladas severas en Brasil, con los cuellos de botella generados por la pandemia del Covid-19. Y este año lo iniciamos con una nueva crisis, la que genera la peligrosa guerra de Rusia en Ucrania.

* Crisis institucional nacional. No hemos terminado de asimilar la crisis institucional de la industria a nivel nacional e internacional. Por más de 3 décadas los países productores de café no han logrado crear nuevos arreglos institucionales para mejorar su participación en la industria del café. Con algunas excepciones, la mayoría de los países productores destruyeron sus viejos organismos para regular el café (los Institutos del Café en América Latina), y han sido incapaces para generar nuevas. Aún más, los productores siguen trabajando con tecnologías de principios del siglo XIX y un marco regulatorio que proviene en buena medida de fines del siglo XIX (sistemas de clasificación de la calidad, normas y estándares de calidad).

* Crisis institucional internacional. En 1989 se rompieron las cláusulas económicas del Acuerdo Internacional del Café, bajo la iniciativa de EUA y el apoyo incondicional de México, y pocos años después se privatizaron en cascada las actividades agroindustriales y comerciales del café. La repentina sobreoferta de café empuja una fuerte caída de los precios. La tendencia a la sobreproducción se mantuvo en las tres últimas décadas por la entrada de Vietnam al mercado y las constantes ganancias de productividad en Brasil. Carecemos de un mecanismo de ajuste de la oferta y la demanda de café.

La Organización Internacional del Café sigue siendo controlada por pocos países productores y consumidores de café, lo que la hace una organización de poca utilidad para afrontar los graves retos de la industria: la desigualdad, la brecha tecnológica, el rezago normativo, el cambio climático, los desequilibrios de precios. Buena parte de sus recursos los utiliza para realizar estadísticas de baja calidad.

* Inestabilidad de precios. Al tratarse de un cultivo perenne al que se dedican millones de pequeños productores de subsistencia, que tienen en el café una forma de sobrevivencia o autoempleo marginal, es muy difícil equilibrar la oferta y la demanda del mercado. Los pequeños productores tradicionales de subsistencia reaccionan procíclicamente a los vaivenes de los precios del mercado, es decir, invierten en épocas de precios altos y dejan de atender sus cafetos cuando los precios son bajos. Además, los pequeños productores tradicionales no abandonarán la actividad incluso si los bajos precios se sostienen por varios años (como lo vimos hasta antes de las sequías y heladas en Brasil del año pasado). La mayoría no tienen muchas opciones. En cambio, los productores empresariales, de todos tamaños, producen café por negocio y reaccionan anticíclicamente, es decir, no dejan de invertir incluso si los precios del café son bajos, pero saldrán con rapidez del mercado del café si la rentabilidad cae considerablemente.

A la inestabilidad intrínseca de precios, se suma la especulación financiera, la captura institucional del grano robusta, el control monopólico del mercado y el cambio climático. Así pues, la diversidad de costos de producción, posición cambiaria y competitividad de las cadenas nacionales de producción de café, hacen de la regulación de los precios una tarea imposible.

La guerra en Ucrania aumentará las presiones especulativas, compras adelantadas, incremento de los costos financieros, seguros y transporte, etc.

Cambio climático e inestabilidad en la producción.

Diversos estudios han alertado desde fines del siglo pasado que, de incrementarse la temperatura media del planeta en 2 grados, más de la mitad de la superficie cultivada con café dejará de ser adecuada para este cultivo, lo que podría ocurrir en 30, 50 o 100 años. Ya rebasamos 1 grado de incremento y las evidencias del desastre que se avecina se acumulan unas tras otras. Parece que llegamos al punto de no retorno, incluso si tomáramos medidas radicales en nuestros estilos de vida consumistas. Lo cierto es que hacemos muy poco muy tarde. Las zonas cercanas a los trópicos o susceptibles a las corrientes marinas serán más afectadas por fenómenos climáticos extremos. La cafeticultura a pleno sol es particularmente vulnerable. Las zonas productoras de café de Brasil, que ya sufre fuertes déficits hídricos, se verán severamente afectadas. Centroamérica, El Caribe y los archipiélagos y zonas costeras del Sureste de Asia (Vietnam, Indonesia, Filipinas) sufrirán por su cercanía al mar, que absorbe rápidamente la energía atmosférica. El agotamiento de los suelos, la degradación de los ecosistemas y la creciente incidencia de plagas y enfermedades, se traducen no solo en crecientes costos de producción, sino también en menores rendimientos y calidad del café.

Desigualdad y concentración del mercado.

Desde hace medio siglo la mayoría de los países productores de café llegaron al límite de la productividad, y no han logrado rebasar 1 tonelada de café verde arábigo por hectárea. Algunos incluso no llegan ni a la mitad de esa frontera productiva (la mayoría de Africa y algunos otros países como México). Por el contrario, Brasil y Vietnam sostienen niveles de productividad muy superiores al resto de países productores (1.5 y 2.5 ton/ha, respectivamente), por lo que ya aportan pos sí solos más de la mitad de la producción mundial de café.

La liberalización de fines de siglo XX impulsó la concentración de la oferta y la demanda, pero esta tendencia se acelera considerablemente en los últimos diez años. Nunca como antes el café se ha vuelto una forma de inversión especulativa. El volumen de café intercambiado en el mercado de futuros, es decir contratos especulativos de café en papel que poco tienen que ver con los fundamentales de la industria, es 35 veces más grande que el volumen café que realmente se mueve, transforma y consume. 5 grandes brokers controlan casi un tercio del comercio internacional de café verde, mientras 10 compañías multinacionales absorben más de un tercio del café industrializado (tostado, soluble). Todas ellas han absorbido una buena parte de los negocios de café especial (importaciones de café verde, tostado y cadenas de tiendas al detalle).

Adicionalmente, la innovación en la industria del café se concentra en pocas redes de investigación, entre las que destacan EUA, Suiza y Brasil.

Esta creciente concentración del mercado repercute en la desigual distribución del valor del café. Si a principios de los años 1980’s los países productores de café participaban de hasta 20 por ciento del valor total generado por la industria, en la actualidad esa participación es de solo poco más del 5 por ciento.

La otra fuerte industria del café en México muestra signos de debilitamiento. Nuestro país ya se ha convertido en un país consumidor que importa casi lo mismo que produce. La producción cayó a la mitad de la de principios de los 1980 (más de 7 millones de sacos). Nunca logramos recuperar la productividad con que nos dejó el INMECAFÉ (media tonelada de grano verde por hectárea) y la industria ha dejado de crecer. Las zonas productoras de café son ahora zonas de alta marginalidad e inseguridad. Urge una estrategia de desarrollo inteligente para rescatar al café mexicano.